La mañana era triste, los rayos de sol se veian poco, las espesas nubes tapaban el inmenso cielo azul y el dia se alargaba.
Vi de lejos a un pequeño pony alazán cuya mirada almendrada se cernia oscura, una chica le miraba, esa era yo. Observaba el horizonte, simplemente, parecia un precioso potro árabe. Su crin se movia al son del viento, aquella espesa crin alazana, que nunca olvidaré y que nunca volveré a acariciar.
Mi yo del pasado fué con él, hacia ya dos semanas que no le montaba, le resultaba raro, él la saludó con aquel sonoro relincho, aunque se apagó antes de tiempo. Observé aquella mirada y una nublina escapaba. Miraba a una mujer a lo lejos, la señora nos observaba, pero no me resultó extraño. Allí la gente se maravillaba por la relación entre animales y humanos, y la nuestra era una de ellas, la relación entre mi yo del pasado y de aquel caballo nunca se apagaria.
Pero habia algo que no encajaba, Faraón miraba con ruego en sus ojos, sentía que pasaba algo, en el fondo sentía que seria la última vez que lo veria, pero no queria...
-Nunca nos separaremos lo sabes ¿Verdad?- Mi yo del pasado acarició aquella preciosa cabeza árabe. El pony la miró y asintió, seria la última vez que veria a aquella chica y lo sabia, lo sabíamos.
Nunca más, Nunca más, decian aquellas mentes, pero se negaban a admitirlo.
La chica y el caballo habian sido un genial equipo, tenian un vinculo, que no habia salido a la luz de la victoria, pero con cada salto, con cada tranco, brillaba más que nunca.
Me movia inquieta en la cama, aquella escena, aquel caballo, nunca se iria, nunca me olvidaría de aquel animal, ansiaba por encontrarle, ansiaba hayarle, pues aquel año, aquel largo año, se le habia echo como diez... Nunca olvidaría al pequeño alazán, aquel animal de gran corazón, menos de un año de amistad, semejante a toda una vida juntos.
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